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Reflexiones para un replanteamiento de las Ciencias Sociales

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Luk Van Langenhove, Secretario General / OCDE

(El siguiente texto se encuentra disponible para su discusión en "Redes y Grupos")

Introducción
Este artículo responde a dos objetivos básicos: describir sucintamente el estado actual del pensamiento crítico sobre ciencias sociales y examinar algunas propuestas recientemente formuladas para reestructurarlas. Huelga recordar que han sido frecuentes las críticas a la estructura organizativa de las ciencias sociales, así como las voces requiriendo la apertura de esa estructura a planteamientos "nuevos" o distintos. Lejos por lo tanto de cualquier pretensión de originalidad, este artículo sólo aspira a contribuir al debate actual en torno al futuro de las ciencias sociales, en el marco de la labor que lleva a cabo la OCDE sobre el sistema científico.
No está de más empezar recordando el concepto de "ciencias sociales". Aunque hay quienes piensan que sólo cabe una ciencia social, la mayoría de los colegas que se definen como miembros de una disciplina institucionalizada de ciencias sociales prefieren distinguirse de los miembros de las demás disciplinas. Naturalmente, el plural abarca conceptos afines como los de "ciencia(s) humana(s)" o ciencia(s) de la conducta.

La invención de las ciencias sociales
Hubo un tiempo en que no existían ciencias sociales institucionalizadas. Hoy en día, sin embargo, muchas disciplinas académicas se autocalifican de ciencias sociales. Por otra parte, las ciencias sociales son mucho más jóvenes que las ciencias naturales clásicas, aunque ambas están organizadas en disciplinas. Estos dos aspectos son importantes para entender cómo funcionan las ciencias sociales, esto es, cómo trabajan, cuáles son sus resultados y cuáles sus repercusiones sociales.

Este artículo empieza pues situando a las ciencias sociales en su contexto histórico y señalando un aspecto crucial para comprender sus éxitos y problemas y su compleja relación con las ciencias naturales. La historia de las ciencias sociales es intrincada, y no cabe confundirla con la de sus instituciones. La historia de la psicología, por ejemplo, no es la de la investigación de laboratorio que arranca con Wundt y culmina con la creación de departamentos universitarios, círculos de eruditos y ese profesional llamado "psicólogo". (2) A imagen de las demás disciplinas de ciencias sociales, la aparición y el desarrollo de la psicología, se inscriben más bien en un proceso de mayor amplitud, configurado por cuatro aspectos fundamentales:

La comprensión de que ciertos fenómenos humanos pueden ser objeto de estudio.
La idea de que cualquier estudio de ese tipo requiere "un examen de realidad".
La posibilidad de acceso a los fenómenos que se desea estudiar.
La creación de técnicas y métodos adecuados para estudiar los fenómenos humanos.

Sólo entonces se dan las condiciones necesarias para la existencia de un nuevo campo científico "social" o "humano". La "supervivencia" de ese campo científico en forma de praxis institucionalizada e independiente dependerá de un conjunto de fuerzas sociales y académicas. En lo que a este artículo concierne, la primera condición reviste una especial importancia.
Con el paso del tiempo se ha ido acumulando un notable conocimiento acerca de los usos sociales. Ese conocimiento ha cumplido tradicionalmente una función legitimadora, pues su propia existencia era inseparable de la ideología socioeconómica que lo había alumbrado. De este modo, los primeros modelos "científicos" del hombre y la sociedad no eran en realidad más que la justificación y legitimación de los usos sociales existentes: nada se cuestionaba porque nada parecía requerir explicación. El concepto de "Dios" desempeñaba un papel central en dichos modelos: las cosas eran como eran porque Dios así lo quería. Durante mucho tiempo, la imposibilidad de cuestionar el dogma religioso vedó casi por completo el estudio del hombre y la sociedad. Lo primero que debían hacer las ciencias sociales, por lo tanto, era librarse de los obstáculos religiosos que entorpecían el estudio del hombre y la sociedad, cosa que iban a lograr con el advenimiento de la Ilustración. Subsistían sin embargo escollos políticos e ideológicos. Dada su función legitimadora, las primeras formas de conocimiento social sistematizado no eran neutrales. Las leyes, por ejemplo, instauradas por los representantes de las clases dirigentes de cada sociedad, respondían a criterios sumamente pragmáticos.
El estudio un poco más "crítico" de los usos sociales existentes sólo empezó a ser posible cuando: a) los estamentos dirigentes tropezaron con problemas nuevos a los que debían dar respuesta; o b) otros grupos necesitaron del conocimiento social para cuestionar el poder de los grupos dirigentes. En otras palabras, fueron necesarios cambios y problemas cuya solución requería un estudio de la sociedad. Puede demostrarse que, a partir del Siglo XVII, la aparición de nuevas ideologías, formas de praxis política y métodos científicos dio origen a nuevos problemas sociales, culturales, económicos y psicológicos.

Por ejemplo:

En el plano ideológico, el pensamiento humanista empezó a ganar protagonismo, y con él el interés por ciertos tipos de gente distinta de la "gente normal". Se produjo así el "descubrimiento" de los niños y los locos, y el de estados mentales particulares como el "enamoramiento romántico". Ciertos interrogantes prácticos empezaron a exigir respuesta. Si los niños no eran adultos en miniatura, ¿cómo había que tratarlos? (¿cómo había que educarlos?) ¿Por qué el amor puede dar lugar a graves trastornos físicos (histeria)?
El plano político viene marcado por la aparición de los estados modernos y del comercio entre ellos, lo que a su vez exigía nuevas fórmulas para organizar el estado y el comercio. Al mismo tiempo, el modernismo y la ideología liberal invocaban la posibilidad del cambio dirigido. Para ello era preciso confiar el poder a personas competentes (la escolarización era pues necesaria), capaces de seleccionar e interpretar la información adecuada y actuar en consecuencia. Wallerstein (1997) afirma: "Para pasar a la acción necesitaban saber cómo funcionaba realmente el orden social, es decir: necesitaban investigación e investigadores. Las ciencias sociales eran indispensables para realizar los designios liberales".
En el plano científico, el progreso de las ciencias naturales llevó a la creación y aplicación de nuevas técnicas, algunas de las cuales plantearon problemas sociales o psicológicos. Los experimentos con telescopios, por ejemplo, permitieron descubrir que la gente posee distintos tiempos de reacción a los estímulos visuales.
Independientemente del ángulo desde el cual se analice el estado actual de las ciencias sociales, no puede olvidar el contexto histórico en el que vieron la luz: su relación con el poder, con la necesidad de resolver ciertos problemas y con la transformación de la propia sociedad. La aparición de las ciencias sociales guarda una relación íntima con la búsqueda de soluciones a problemas concretos. Por sorprendente que parezca, el origen intelectual de las ciencias sociales se distingue por ello del de las ciencias naturales: mientras que las primeras aparecen estrechamente ligadas a lo que hoy llamaríamos ciencia aplicada, el nacimiento de las ciencias naturales obedece al afán de comprender el mundo. Situadas inicialmente en la periferia de la vida social (como pasatiempo del clero y las clases acomodadas), las ciencias naturales han pasado a ejercer un papel determinante en la búsqueda de la riqueza, gracias a los hilos que se tendieron durante el siglo XVIII entre la ciencia y la tecnología, y entre la tecnología y el desarrollo económico. Las ciencias sociales, en cambio, permanecen por ahora desvinculadas del desarrollo económico o de cualquier otra noción de desarrollo de la sociedad.
Ello se traduce hoy en día en una sociedad rebosante de los frutos del "progreso" de las ciencias naturales: centrales nucleares, teléfonos móviles, jabón biodegradable y muchos otros elementos derivados de la ciencia y la tecnología. ¿Quién podría decir, en cambio, a dónde han conducido las ciencias sociales? ¿Qué cambios de la sociedad cabe atribuir al progreso de las ciencias sociales? En otras palabras, ¿cuán distinta habría sido nuestra sociedad sin Habermas, Foucault o Giddens? ¿O sin Freud y Marx? ¡Muchos científicos sociales, en realidad, hasta dudarían en incluir a estos dos últimos en su comunidad!

Los problemas institucionales de las ciencias sociales
Las ciencias sociales modernas se presentan a sí mismas como disciplinas universitarias, esto es, como actividades institucionalizadas. Ello significa que, como cualquier otra institución, poseen una historia "oficial", que les sirve en parte para justificarse y en parte para iniciar a los nuevos miembros. Toda vez que las principales disciplinas no se fundaron hasta los albores del siglo XIX, esas historias "oficiales" incluyen siempre una etapa precientífica. Lo que una vez afirmó Ebbinghaus a propósito de la historia de la psicología es aplicable también a las demás ciencias sociales: tienen un pasado más largo y una historia más corta que las ciencias naturales. Un pasado más largo porque su ejercicio precientífico era indispensable para la organización y el funcionamiento de toda la sociedad. Una historia más corta porque su fundación científica sólo se materializó una vez cumplidas ciertas condiciones y culminados ciertos procesos sociales (brevemente descritos más arriba).
El resultado de todo ello es un mundo donde, como dijo Karapin (1986, pág. 236), cientos de miles de científicos sociales van a trabajar cada día. Buena parte de ellos son muy críticos con el trabajo de sus colegas (y tal vez el suyo propio), y dedican por lo menos parte de su tiempo a escribir artículos y libros en los que tildan a las ciencias sociales de improcedentes, incomprensibles, deficientes o lisa y llanamente equivocadas. Estas opiniones son a menudo compartidas por el resto del mundo, y especialmente por los responsables de financiar la investigación en ciencias sociales. Los Estados Unidos brindaron el ejemplo más elocuente al respecto cuando el Comité Científico del Congreso votó la supresión de los fondos destinados a las ciencias sociales para el año fiscal 1997. Uno de los argumentos esgrimidos por el Presidente del Comité fue que la investigación en ciencias sociales "no es ciencia de verdad".
En respuesta a tales críticas, otros científicos sociales lamentan que su trabajo no se utilice como es debido, y que falten fondos, aduciendo que, aunque las ciencias sociales no carezcan actualmente de problemas, éstos se resolverían fácilmente con más tiempo y dinero. Sin embargo, no parece probable que el tiempo y el dinero basten para resolver las dificultades de las ciencias sociales, que parecen residir básicamente en la falta de unidad, de control de calidad y de fuerza creadora.

Falta de unidad
La historia de las ciencias sociales presenta tres grandes líneas de escisión (Comisión Gulbenkian, 1996): i) la separación entre el estudio del mundo "Occidental" y el del no Occidental; ii) la ruptura entre el estudio del pasado y el del presente; y iii) la diferenciación entre el estudio de los individuos, el de los mercados, los Estados y las sociedades civiles. Estas divisiones han dado origen a cuatro grandes problemas de orden institucional y epistemológico: la aparición de fronteras entre las disciplinas; la proliferación de escuelas o corrientes dentro de cada disciplina; la cuestión del método; y el nacimiento de campos interdisciplinarios, inscritos dentro de nuevas fronteras. Todo ello ha convertido a las ciencias sociales de finales del siglo XX en escenario y motivo de constantes disensiones y enfrentamientos.
En primer lugar están las divisiones entre disciplinas. Con demasiada frecuencia tenidas hoy por algo natural, esas divisiones no se constituyeron, como observa Manicas (1987, pág. 5), hasta los 20 ó 30 años que cierran el siglo XIX e inauguran el siglo XX. Mientras que los límites entre las disciplinas de las ciencias naturales, mucho más antiguos, poseen un sentido obvio, los de las ciencias sociales no lo tienen (por lo menos no de la misma manera). En ciencias naturales pueden explicarse los fenómenos que estudia una disciplina sin recurrir a conceptos tomados de otra (es posible, por ejemplo, explicar o predecir fenómenos químicos sin utilizar la física). Los fenómenos sociales, en cambio, no se prestan fácilmente a la fragmentación en distintos ámbitos disciplinares como la economía, la psicología o la sociología. Con todo, y al margen de las críticas que pueda merecer la existencia de límites disciplinares, el principal problema es que esos límites coinciden hoy en día con profesiones bien asentadas, y por ello mismo refractarios al cambio. Como señala Ansoff (1986), tal vez ésa sea la causa de la enorme brecha que separa el trabajo de los investigadores de las necesidades reales de la sociedad: el hecho de que gran parte de la investigación actual se realice desde la óptica de disciplinas aisladas, cuando los problemas sociales fundamentales requieren planteamientos multidisciplinarios.
Un segundo tipo de división en el seno de las ciencias sociales, y objeto de no poca controversia, deriva del hecho de que cada una de esas arraigadas disciplinas dé cabida a su vez a numerosas escuelas teóricas y/o metodológicas que compiten entre ellas (o incluso se ignoran mutuamente). Cada escuela suele organizarse como su disciplina materna, con sus propios libros de texto, publicaciones e incluso a veces títulos universitarios. No hay nada malo en que los científicos mantengan ideas encontradas sobre sus temas de investigación, pero la situación se torna perversa cuando la mayoría de las escuelas quieren erigirse en representantes únicos y verdaderos de su disciplina. Para un conductista, sólo el conductismo es psicología "de verdad". También a este respecto la situación es muy distinta en las ciencias naturales: aunque no falta en ellas el debate teórico o metodológico, el hecho de tomar partido no supone la inmediata adhesión a un campo institucionalizado, con sus propias publicaciones y demás.
Con todo, el principal factor de divorcio parece ser actualmente ¡la general invocación a la interdisciplinariedad! Esta moda, relativamente reciente, funciona con arreglo al siguiente principio: tómense dos disciplinas bien arraigadas de ciencias sociales, defínase su conjunción como materia de estudio y alúmbrese una nueva subdisciplina (psicología económica, sociología del derecho, etc.). Para señalizar los límites de su ámbito de estudio cada nueva subdisciplina se dotará luego de sus propios colegios profesionales, cuerpos de profesorado, publicaciones, etc.
La metodología constituye la cuarta gran manzana de la discordia en las ciencias sociales. El debate metodológico atraviesa todas las disciplinas y subdisciplinas, e incluso a veces también las escuelas. Existen, a grandes rasgos, dos paradigmas metodológicos principales: el "general" y el "particular", conocidos también como el planteamiento nomotético y el ideográfico. La palabra "nomotético" describe la búsqueda de leyes generales (aplicables en cualquier ocasión y momento). La palabra "ideográfico", por su parte, designa la preocupación por los elementos singulares de cada caso concreto. El pensamiento nomotético ha arrastrado a las ciencias sociales a una peregrinación "positivista" en busca de datos fiables y reproducibles (Van Langenhove, 1996). Como señala Wallerstein (1977), el peaje impuesto por la posesión de datos fiables es el encierro en situaciones de laboratorio, o dicho de otro modo, la preferencia por situaciones artificiales o temas arbitrarios, olvidando por el camino el dinamismo y la complejidad de la realidad social.
El positivismo y el pensamiento nomotético y cuantitativo presiden hoy las ciencias sociales. Pero éstas no llegarán muy lejos en su intento de explicar y comprender al hombre y la sociedad si no adoptan una visión no positivista de la ciencia (R. Harré, 1979; Harré y Secord, 1972 y muchos otros), que prefiera los métodos cualitativos, los estudios monográficos, la investigación sobre el terreno y, sobre todo, el diálogo entre el investigador y los "sujetos" de la investigación (Smith et al, 1966a; 1996b).
Resumiendo lo dicho, las ciencias sociales de hoy, aunque interesadas todas ellas por el hombre y la sociedad, se encuentran fragmentadas en muchas disciplinas y subdisciplinas. No hay consenso alguno sobre cómo deben estudiarse los fenómenos, y un profundo abismo separa a la mayoría de las ciencias sociales teóricas de la realidad. Aunque a primera vista pudiera parecer que en ciencias naturales la situación no es muy distinta, nada más lejos de la realidad. Los divorcios y enfrentamientos que afectan a las ciencias naturales no son del mismo tenor que los de las ciencias sociales, porque estos últimos fueron producto de un proceso de institucionalización estrechamente ligado a cuestiones políticas y sociales. Dicho de otro modo: en otros contextos políticos y sociales podrían haber aparecido otros tipos de ciencias sociales.

Falta de control de calidad
El trabajo científico puede ser juzgado en términos de calidad. Cabe decir que la investigación tiene calidad cuando contribuye a mejorar nuestra comprensión (progreso científico) o nuestra capacidad para ayudar a resolver problemas. En ciencias naturales existe la distinción entre valor científico y utilidad práctica, aunque parecen existir también criterios para evaluar la calidad científica en ambos sentidos: además de la evaluación por los pares, hay otros criterios aplicables, entre ellos las "buenas prácticas de laboratorio", el número de patentes depositadas, etc. En ciencias sociales, el principal indicador de la calidad de un trabajo parece residir en las publicaciones evaluadas por colegas de igual nivel. Ello plantea numerosos problemas ligados a la situación institucional de las ciencias sociales. No sólo implica planteamientos encorsetados en la propia disciplina y juicios sesgados por la pertenencia a una escuela o corriente metodológica sino que deja también un amplio margen para enjuiciar la utilidad práctica de un proyecto de investigación.
Ello nos lleva así a la cuestión de los resultados de un proyecto de investigación. La mayoría de los proyectos de ciencias naturales se traducen no sólo en publicaciones sino también en resultados materiales o intelectuales (como una nueva molécula o la patente de un nuevo sistema de producción).
Según Deutsch (1986), "Los científicos sociales deberían tener el valor de preguntarse si las ciencias sociales han conocido algún avance real y sustancial durante el siglo XX. El problema que plantea tal interrogante, por supuesto, estriba en la falta de criterios aceptados para darle respuesta. El progreso científico resulta difícil de medir, sobre todo en ciencias sociales. Una posible solución consiste en definir el progreso científico como una mayor capacidad de entender y controlar; un mayor abanico de fenómenos que pueden reconocerse y predecirse, de cosas que pueden hacerse." En otras palabras, una de las grandes cuestiones pendientes de las ciencias sociales es la elaboración de sistemas de control de calidad adecuados, basados en resultados tangibles del proceso de investigación.
En el siglo XVI, Francis Bacon afirmaba, en su libro De Heresibus, que "conocimiento es poder". Para tener valor práctico, sin embargo, el conocimiento debe ser lo bastante completo, fiable, accesible y vigente. El conocimiento que genera la investigación social resulta con demasiada frecuencia inútil para los responsables de tomar decisiones ligadas a las transformaciones de la sociedad (3). Es preciso exponer las ciencias sociales en la arena pública, fomentando un tipo de investigación que reúna a los investigadores con todos los que intervienen en los fenómenos investigados y los que están en condiciones de tomar decisiones sobre esos fenómenos. Necesitamos con urgencia un colectivo de investigadores dispuesto a emprender un estudio científico de las sociedades y la gente capaz de generar reflexiones teóricas y prácticas que puedan traducirse a su vez en un mayor poder de decisión y actuación para el sector público, el privado y la sociedad civil.

Falta de fuerza creadora
Pero no confundamos este alegato en favor de un control de calidad exhaustivo y centrado en la utilidad práctica con una defensa exclusivista de las ciencias sociales "aplicadas" en detrimento de la investigación fundamental. Más bien al contrario: es necesario invertir mucho más en investigación fundamental, aunque ésta resulta probablemente mejor fuera de las estructuras disciplinares. Del mismo modo que las ciencias naturales no han contribuido únicamente a resolver muchos problemas prácticos sino que también permitieron al profano entender diversos aspectos del mundo material en el que vive, las ciencias sociales deben ayudar a que el gran público comprenda mejor nuestras sociedades. Kenneth Gergen se refirió una vez a esta capacidad como la "fuerza creadora" de las ciencias sociales: el poder de las teorías para "desorganizar los presupuestos generales de la cultura y abrir así nuevos horizontes" (1982, pág. 133). Gergen afirmaba que la psicología social moderna poseía muy poca o ninguna fuerza creadora, y otro tanto cabe decir probablemente de la mayor parte de la investigación actual en ciencias sociales.
Las ciencias sociales no han conseguido los mismos "resultados" que las ciencias naturales. Creando y aplicando nuevas tecnologías, estas últimas se han convertido en una gran fuerza motriz del desarrollo en todo el mundo, y también en una gran fuente de riesgo. Por un lado se destinan sumas enormes a la inversión pública y privada en ciencias naturales y actividades de investigación y desarrollo orientadas al avance tecnológico; por el otro, brillan por su parquedad los recursos dedicados a las ciencias sociales. Sin embargo, no todo se reduce a una mera cuestión presupuestaria. Algunos de los problemas ligados al ejercicio de las ciencias sociales trascienden la simple carencia de financiación adecuada. Muchas de sus iniciativas no contribuyen en modo alguno a la comprensión de la sociedad, y aún menos a la resolución de sus problemas. ¡Todo parece indicar que la sociedad aprende poco o nada de las ciencias sociales!


Por un replanteamiento de las ciencias sociales
Resulta llamativo que, a lo largo de la historia de las ciencias sociales, un sinnúmero de voces hayan formulado serias dudas sobre su utilidad, hecho que desde luego puede estar vinculado a los problemas institucionales ya evocados. Aunque en buena lógica de ahí hubieran debido seguirse profundas transformaciones en el funcionamiento de la investigación en ciencias sociales, las muchas reflexiones críticas sobre el ámbito de estudio o los límites de una disciplina, o sobre la opción metodológicamente correcta, no han provocado en conjunto ningún cambio sustancial en las actividades de la comunidad investigadora. En el mejor de los casos han dado lugar a momentos de vivo debate o sana introspección. En el peor de ellos, se las ha recibido con una sensación de inquietud o amenaza. No obstante, parece existir un creciente consenso en torno a las deficiencias de las ciencias sociales y sus posibles remedios. Después del trabajo innovador de muchos expertos y de la UNESCO (Lengyel, 1986), uno de los análisis más interesantes fue el de la "Comisión Gulbenkian sobre la reestructuración de las ciencias sociales". Su informe, titulado Abrir las ciencias sociales (1996), aborda tres grandes cuestiones.
En primer lugar expone cómo se forjaron las ciencias sociales entendidas como forma de conocimiento, y por qué, entre finales del siglo XVIII y 1945, se escindieron en una serie de disciplinas. En segundo lugar explica cómo los acontecimientos mundiales posteriores a 1945 suscitaron interrogantes sobre aquella división intelectual del trabajo, reabriendo así el debate sobre la estructura organizativa implantada durante el periodo anterior. En tercer lugar propone fórmulas para reestructurar de forma inteligente las ciencias sociales a la luz de su historia y de las recientes controversias. A este respecto, la Comisión Gulbenkian sugiere la posible "promoción de instituciones que, ligadas de algún modo al mundo académico, pudieran aglutinar a expertos para una labor colectiva en torno a determinados temas urgentes". El informe destaca también la necesidad de crear programas de investigación integrados, que trasciendan las líneas divisorias tradicionales entre disciplinas.
Si se acepta este análisis, las cuestiones que de ahí se siguen son: "¿Qué se puede hacer?" "¿Quién debe actuar y cómo debe hacerlo?" Desde un punto de vista intelectual, existen por lo menos tres posturas defendibles.
La primera consiste en no cambiar nada. Aun cuando acepten parte del análisis crítico, sin duda muchos científicos sociales alegarán que todo va bien y que sólo queda aguardar a que las ciencias sociales sigan desarrollándose. El procedimiento de la revisión por los pares permitirá filtrar la investigación de mala calidad y, con el tiempo suficiente, las ciencias sociales serán tan vigorosas como las ciencias naturales. Si la sociedad desea más "resultados", lo que hay que hacer es invertir más dinero en ciencias sociales.
Una segunda postura respalda incondicionalmente el análisis crítico aquí presentado, aunque añade que la fórmula utilizada por los gobiernos para apoyar a las ciencias sociales plantea problemas. El sector público debería no sólo financiar las ciencias sociales sino también contribuir a la divulgación de sus resultados. Las estructuras disciplinares actuales, sin embargo, bastan para llevar esta empresa a buen puerto.
La tercera postura, y la más radical, sostiene que las ciencias sociales necesitan un planteamiento absolutamente nuevo, que aporte nuevas temáticas, nuevas instituciones y nuevas epistemologías. El Informe Gulbenkian aboga por esta tercera vía.
Naturalmente, ello presupone que las fuentes que financian las ciencias sociales desean encontrar iniciativas novedosas (4). En realidad, no parece necesaria una reforma tan profunda de las ciencias sociales. Una organización como la OCDE puede desempeñar una función interesante en tal proceso, sensibilizando a las instancias públicas sobre los problemas de sus sistemas nacionales de ciencias sociales y estimulando la búsqueda de soluciones novedosas.
Al comenzar este artículo hablábamos del cambio, los problemas y el poder como puntos cardinales de la relación entre sociedad y ciencias sociales. Esos elementos pueden también servir de instrumentos para una reformulación de las ciencias sociales.
Resulta imperativo un cambio de paradigma. Necesitamos un paradigma nuevo, que nos permita abandonar los programas de investigación regidos por la lógica disciplinar y adoptar programas centrados en los problemas reales y sus fuerzas motrices. En este sentido, la iniciativa holandesa "Overlegcommissie Verkenningen" ha llevado a cabo una labor muy novedosa, elaborando un sistema de referencia para la investigación en ciencias sociales centrada en la noción de calidad de vida. Ese trabajo parte de la definición de cuatro fuerzas motrices en el desarrollo de la sociedad: la internacionalización, el desarrollo tecnológico, las transformaciones del Estado benefactor y la creciente flexibilidad en los modos de vida individuales. Después se relacionaron esos cuatro factores con cuatro temas de investigación fundamentales (capital humano, desarrollo industrial, cohesión social y medio ambiente), aunque por supuesto hay otras posibilidades. A partir de ahí se elaboró una matriz de 4 x 4, en cuyas casillas se colocaron posibles proyectos de investigación orientados a la resolución de problemas reales. Ejercicios de este tipo, que convendría reproducir y multiplicar, podrían ayudar a las instancias públicas a reformar en profundidad sus programas de investigación en ciencias sociales.
Sería conveniente además que los resultados de cualquier proyecto de ciencias sociales no se redujeran a la producción de libros o artículos en publicaciones científicas. A este respecto, el paradigma de la investigación transformadora debería sustituir al de la investigación tendiente a la publicación. Las ciencias sociales deben ser capaces de generar conocimientos útiles y adecuados para aquellos que intentan modificar una situación determinada. Para alcanzar tal objetivo sería preciso que los investigadores trabajaran conjuntamente con los protagonistas del fenómeno investigado y los responsables de tomar decisiones sobre dicho fenómeno. Pero las ciencias sociales no pueden pretender erigirse en agentes del cambio en nombre del resto de la sociedad. Los científicos sociales deben trabajar codo a codo con el sector privado, las instancias públicas y la sociedad civil. Se trata básicamente de que los interlocutores sociales asuman un mayor protagonismo a través de las ciencias sociales y de que éstas propicien un sistema de investigación participativa, en la que se incorpore a todos los sectores afectados.
Quizá la única forma de empezar a concentrarse en los problemas y las transformaciones sociales radique en un cambio del paradigma que rige la política científica, con organismos de financiación más dinámicos y capaces de quebrar las rigideces políticas y sociales. El corporativismo de las ciencias sociales constituirá uno de los grandes obstáculos para el cambio. El sector público puede influir en el proceso utilizando fondos públicos para estimular nuevas iniciativas transdisciplinarias. También podría dar ejemplo, incorporando proyectos innovadores de investigación social a su propio funcionamiento, cuando sea posible.
Hayward (1984) afirmaba que, de todas las ramas del conocimiento humano, las ciencias sociales son las más expuestas al papel de chivo expiatorio en cuanto el sector público empieza a tener dificultades. Para Hayward, "dificultades" significaba "falta de dinero". Hoy, en cambio, la dificultad estriba en que el sector público, al igual que el privado y que la sociedad civil, necesita de las ciencias sociales para resolver problemas sociales básicos. Si se piensa que tal cosa no será posible hasta que las disciplinas encuadradas en instituciones académicas dejen de canalizar todos los fondos, el único camino abierto parece residir en la creación de centros de investigación interdisciplinarios e innovadores, públicos o privados, con el cometido básico de contribuir a resolver problemas sociales de carácter tanto mundial como local y de hacer progresar la teoría y la metodología de las ciencias sociales. La OCDE tiene ante sí la ardua tarea de promover entornos estimulantes en los que las ciencias sociales puedan desarrollarse y mantener un diálogo constante con el sector privado, el público y la sociedad civil.

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Notas
1. La Oficina de Política Científica no suscribe necesariamente las opiniones expresadas en este artículo
2. Véanse Danziger (1990) y Van Langenhove (1996) para mayor detalle.
3. F. Heller (1986) ha tratado la cuestión de las ciencias sociales y sus aplicaciones. El y sus coautores han examinado con espíritu crítico el alcance y las limitaciones de la tesis de la utilidad.
4. Y ello puede resultar harto difícil, en la medida en que las instancias públicas sean más receptivas a las propuestas de instituciones "clásicas" como las universidades. La financiación a través de fundaciones podría representar una alternativa. Digna de mención en este sentido es una iniciativa reciente: profesores, administradores y titulados del Colegio de Europa, en Brujas, han creado una Fundación (la Fondation Salvador de Madariaga, Fondation scientifique pour le Collège d Europe) que está impulsando el proyecto BRIOSS (Bruges Research Initiative for Opening the Social Sciences). Esta iniciativa busca establecer un centro internacional independiente dedicado a la investigación fundamental en ciencias sociales aplicada a la política, con la voluntad de estudiar las transformaciones sociales desde la óptica europea y desde una perspectiva investigadora transdisciplinaria, comparativa y participativa.

Abrir la Ciencias Sociales: Informe Gulbenkian

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Immanuel Wallerstein

(El siguiente texto se encuentra disponible para su discusión en "Redes y Grupos")

Nota introductoria
Las páginas siguientes constituyen el registro de las palabras pronunciadas por Immanuel Wallerstein el 24 de octubre de 1995 en la Social Science Research Council de Nueva York. Su objetivo era la presentación del volumen Open the Social Sciences, un informe sobre la reestructuración de las ciencias sociales auspiciado por la Comisión Gulbenkian. Wallerstein es profesor de la Universidad del Estado de Nueva York en Binghamton y tiene a su cargo la dirección del Centro Fernand Braudel dedicado al estudio de la economía, las civilizaciones y los sistemas históricos. La editorial siglo XXI de México ha difundido en español los dos primeros volúmenes de su extensa obra El moderno sistema mundial, que acaba de ser escogido por la revista Contemporary Sociology como uno de los diez libros de ciencias sociales más influyentes en los últimos 25 años. El libro desarrolla la teoría de la economíamundo, un influyente y ambicioso marco de referencia de la sociología histórica norteamericana que estudia el impacto del capitalismo en la civilización moderna, El texto de esta presentación apareció originalmente en Items, el boletín del Social Scíence Research Council (vol, 50:1, marzo de 1996).G.C.

¿Cómo se construyeron las Ciencias Sociales?
Al preparar nuestro informe tuvimos que considerar este asunto para entender los dilemas que ellas confrontan. Comenzamos el relato a fines del siglo XVII1 anotando que el más importante acontecimiento de la época fue una especie de divorcio definitivo —dudo al usar la palabra “divorcio”—, una ruptura entre la ciencia y la filosofía. Anteriormente, los vocablos que las designaban, si no eran del todo intercambiables, estaban imbricados de modo muy directo. Ambos significaban conocimiento y la gente no establecía una nítida distinción entre filosofía y ciencia. A fines del siglo de las luces asistimos al nacimiento de lo que C. P. Snow denominó “las dos culturas”. La ciencia comenzó a definirse por su contenido empírico, a ser entendida ante todo como una búsqueda de la verdad a través de la investigación, a diferencia de lo que estaban haciendo los filósofos, especular o deducir de algún modo. Fue una continuación de la ruptura entre la filosofía y la teología; aquí se daba un paso más hacia un sistema de conocimiento íntegramente secularizado.

La Universidad y el conocimiento
Al tiempo que se producía la fisura intelectual entre la filosofía y la ciencia en la mentalidad de la época, se operaba un resurgimiento de la universidad. Solemos hablar de la universidad como una institución continua, pero ello no es del todo cierto. La universidad medieval fue una institución muy interesante, pero prácticamente había muerto a fines del siglo XVI. Y las universidades llegan a ser insignificantes a lo largo de los siglos XVI, XVII y XVIII. Carecían de un cuerpo directivo permanente, y lo esencial del trabajo intelectual se llevaba a cabo al margen de ellas y en otro tipo de instituciones como el Collège de France, o la Royal Society. Una de las cosas realmente interesantes que ocurren en el siglo XIX es la reinvención de la universidad como el ámbito, tanto de la creación del conocimiento como de su reproducción. Ello trajo algo nuevo que afectaría a las Facultades, la de Filosofía al comienzo, y las desintegraría hacia algo que posteriormente se denominaría las disciplinas, dotadas de cátedras con departamentos que otorgaban títulos académicos. La estructura de la universidad tal como la conocemos hoy se creó en verdad a fines del siglo XIX; por lo tanto la universidad y las disciplinas que la conforman constituyen una invención muy reciente.
En términos del desarrollo de las disciplinas individuales, aproximadamente entre más o menos 1750 y 1850 nos hallamos en una situación en la que surgen centenares de nombres para los campos de investigación. Pero entre 1850 y 1914 asistimos a la reducción de estos nombres a un pequeño número de denominaciones que al final se convierten en las disciplinas. Esto se lleva a cabo mediante una especie de coagulación de conjuntos de intereses, conjuntos de problemas. Nuestro informe arguye que mediante tal agregación arribamos a los seis grandes nombres corrientes hoy en día, más un par de nombres menores. Estas seis grandes denominaciones se convierten en departamentos, en asociaciones profesionales, en revistas académicas y en sistemas de clasificación en las bibliotecas (la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos, por ejemplo, las reproduce como conjunto de categorías en la última década del siglo XIX). Todo ello institucionaliza una serie de opciones.

Líneas de demarcación
Podemos considerar dichas denominaciones con referencia a tres criterios básicos de delimitación. El primero es el de pasado-presente, que configuró una neta diferenciación entre la historia, tal como se reorganizó en el siglo XIX, y el trío conformado por la sociología, la ciencia política y la economía. Se conforman dos presupuestos bien diferenciados acerca de cómo se llega a la verdad científica. Los historiadores siguen la sentencia de Ranke de que “er will blob zeigen, wie es eigentlich gewesen” (tratamos, simplemente, de exponer cómo ocurrieron en realidad las cosas). En otras palabras, se debería tomar como evidencia los documentos escritos en la época en cuestión, en particular aquellos que fueron escritos con propósitos distintos dc los de informar al historiador de tres siglos después. La asunción fundamental es que si un embajador le escribe una carta a su monarca, él está tratando de informarle acerca de la situación del país a donde ha sido asignado, y lo está haciendo tal y como ha llegado a entenderla. Si usted lee ese informe tres siglos después, llega a saber en últimas lo que dijo el embajador, que bien puede ser lo que realmente el embajador creía. Y ello a su vez lo impulsa a usted hacia unos determinados archivos. Y también, claro está, en dirección a la historia política y diplomática, que es por cierto la parte de la historia que suele estar mejor conservada en los archivos.
Se ha postulado que los académicos suelen incurrir en prejuicios acerca de los hechos de su tiempo a causa de que están involucrados en sus propias sociedades. Por tal razón, mientras más atrás se remonten en la historia, más neutrales podrían ser. Además, la realidad objetiva del archivo se impone en el estudioso; no hay allí nada que sea reciente y por ende sospechoso. Por su parte, tanto los Estados como las demás instituciones, no suelen facilitar el acceso a sus documentos recientes a los investigadores. Todavía hoy los documentos de Estado son secretos por cerca de 20, 30, 50, 100 años o aún más. Por lo demás, con el fin de entender los archivos, se debe estar bastante bien informado acerca del contexto cultural en el que se ubican. Esto suele llevar a los historiadores a trabajar en los campos que les resultan más familiares, y de allí la tendencia preponderante a trabajar en las historias de sus propios países. A la vez se hallan bastante predispuestos contra las generalizaciones, precisamente porque son “científicos”. Es decir, tienden a ver las eneralizaciones como anticuadas, propias de la vieja filosofía especulativa, y si usted quiere ser empírico no debería generalizar. En cualquier caso trabajar con archivos lo lleva a ser más y más detallado, y sabemos que los detalles tienden a ser terriblemente ideográficos.
Por su parte el trío nomotético tiene a su vez toda la lógica en su cabeza. Para ser objetivo, dicen, debemos aportar ante todo datos que no estén al arbitrio del investigador. Mientras más cuantitativos sean los datos, menos dependen de la subjetividad del estudioso y más comparables son en situaciones diversas. Tal postulado nos conduce inexorablemente al presente. Especialmente si se da el paso siguiente que es postular que hay verdades universales acerca de la conducta humana que atraviesan todo tiempo y todo espacio. Al minuto de decir eso, desaparece la diferencia de estudiar la Alemania de hoy o la India del siglo y antes de nuestra era, puesto que se buscan verdades universales. En tanto que los datos sobre la Alemania de hoy son 5000 veces mejores —o podríamos decir pesan 5000 veces más— que los datos de la India de aquel periodo, terminamos estudiando a Alemania con el fin de arribar a nuestras generalizaciones. Por lo general esa solía ser la separación que se daba a fines del siglo XIX y a comienzos del actual entre la historia y las tres ciencias sociales “duras”. Debemos acotar algo más: la sociología del conocimiento. Por lo menos el 95% de todos los estudiosos y de la investigación académica en el período entre 1850 y 1914, y probablemente hasta 1945, proviene tan sólo de cinco países: Francia, Gran Bretaña, las Alemanias, las Italias y los Estados Unidos. Hay todavía algo más; no sólo la investigación académica proviene de estos cinco países, sino que gran parte de la investigación hecha por la mayoría de los estudiosos es sobre su propio país. Esto es parcialmente pragmático y en parte obedece a presión social y a razones ideológicas: son los países importantes, lo que interesa y lo que debemos estudiar si queremos saber cómo opera el mundo.
Esto nos conduce a la segunda diferenciación. El hecho real es que los cinco países en cuestión no eran el mundo entero, y había en la comunidad académica la vaga sospecha de que había un mundo más alejado de ellos. Lo que se hizo, a nuestro juicio, fue inventar dos disciplinas adicionales que abarcaran el resto del mundo. La primera y más obvia fue la antropología, a la que se creó para estudiar el mundo primitivo. Al mundo primitivo se lo define de un modo bastante simple: en la práctica vienen a ser las colonias de los cinco países anotados, incluyendo a su frontera interna. Teóricamente, su objeto se puede definir como aquellos pequeños grupos de bajo nivel tecnológico que carecían de escritura antes de sus contactos con Occidente y que no tenían creencias religiosas que fueran más allá del propio grupo —cada uno tenía sus creencias características. Se presumía que estaban estancados y el tiempo no transcurría para ellos.
En fin tenemos toda una ideología acerca de cómo abordarlos. Son gente muy extraña, que habla lenguas bastante raras desde el punto de vista europeo. Tenía entonces que irse allí, hacer observación participante, permanecer un par de años con “su tribu”, aprender el idioma consiguiendo que alguien haga de intérprete. ¿Y qué se estudia? Pues todo: etnografía. Puesto que para comenzar no sabemos nada, se ha de aprender todo: cómo se casan, cómo intercambian bienes, cómo ventilan sus diferencias, cuál es la gramática de la lengua, y al regreso hacemos un detallado informe de todo esto. Era algo bastante ideográfico, basado además en la presunción de ahistoricidad. Esto nos ayudaba a resolver el problema de una gran parte del mundo, pero no de todo el mundo, puesto que obviamente había un grupo de países que no encajaban para nada en los anteriores parámetros, que no podrían ser descritos en los términos que he utilizado para describir el trabajo antropológico: China, India, el mundo árabe, Persia.
Todos ellos comparten un conjunto de características. Tienen en la actualidad, o tuvieron en algún momento del pasado, uno o más grandes imperios burocráticos en su territorio. Como resultado de ello tienen escritura y múltiples textos que se han preservado. Además, todos ellos tienen —para usar una expresión del siglo XIX— “religiones mundiales”. El término religión mundial significa esencialmente que se trata de una religión que se ha propagado a una vasta extensión del mundo. El budismo, el islam y el hinduismo son religiones mundiales por oposición a muchas creencias religiosas del Africa que comparten un animismo muy localizado. Tales civilizaciones no europeas poseen religiones mundiales y tienen textos que tienden ampliamente a ser textos religiosos. Lo único que no tenían era modernidad. El estudio de esta clase de sistemas sociales se fue construyendo en un último campo al que no se lo definía propiamente como ciencia social, pero que de hecho era la ciencia social más amplia al ocuparse de todas esas áreas del mundo: los estudios orientales. La premisa de estos estudios era bastante simple: eran estructuras maravillosas, complejas que deberíamos comprender. La mejor forma de hacerlo era penetrando en su civilización, lo que en principio significaba leer y aprender los textos —la filología llegó a ser una técnica de gran importancia— y presentarlos al resto del mundo, mientras se explicaba porqué no habían llegado a ser modernas. Tendieron a ser vistas como civilizaciones congeladas y por lo tanto ahistóricas.
Con lo cual tenemos configurada esa segunda delimitación básica: la historia más el trío nomotético dirigido al mundo occidental, y la antropología y los estudios orientales relacionados con el resto del mundo. La tercera de las delimitaciones tiene que ver con la existencia de las tres ciencias sociales nomotéticas (la sociología, la ciencia política y la economía) ¿Por qué no una única ciencia social? Pienso que la respuesta tiene que ver con la ideología dominante a lo largo del siglo XIX. Básicamente, el punto de vista dominante a nivel mundial del liberalismo, era que el estado, el mercado y la sociedad eran tres entidades diferenciadas. Ellas operaban con lógicas diferentes y por lo tanto debían ser estudiadas en forma separada, y en cierto sentido, se mantenían aparte en el mundo real. Por eso los estudiosos tenían que segregar su conocimiento de tales aspectos. En líneas generales eso fue lo que pasó, y lo que hacia 1945 estaba ya establecido como principio organizativo para las ciencias sociales en las principales universidades. En el propio surgimiento del sistema universitario como tal tenemos entonces lo que denominaríamos la división tripartita, entre las ciencias naturales, las humanidades y las ciencias sociales.
Básicamente, eso es lo que significa filosofía versus ciencia, con las ciencias sociales en algún punto intermedio, reproduciéndose en el interior de éstas la tensión resultante de la contraposición de las “dos culturas”. Arribamos así a 1945. Y entonces todo esto cambió.

La internacionalización de las Ciencias Sociales
Pensamos que todo cambió con posterioridad a 1945, primordialmente porque el mundo real cambió en varios sentidos. Tras la segunda guerra mundial surgen los Estados Unidos como la fuerza dominante económica, política y culturalmente. Por cerca de 10 o 15 años llega a ser de modo literal y numérico dominante también en el mundo de la ciencia social. Yo mismo me sorprendí al examinar uno de los informes de la UNESCO en los años de la posguerra y constatar cómo, de un comité de 16 miembros, 15 provenían de los Estados Unidos. Y hoy no puedo imaginar un documento de la misma UNESCO en el cuál de los 16 miembros haya más de uno proveniente de los Estados Unidos. ¿Qué diferencias hay en uno y en otro caso? Podríamos decir que varias, y una de ellas es la presencia de ciertos estudios por áreas geográficas. La historia es muy clara al respecto, y la motivación principal era de índole geopolítica. La gente se decía: “los Estados Unidos tienen todas esas responsabilidades en el mundo y no hay nadie que sepa con precisión qué está pasando en la mayor parte de él; estamos cortos de investigadores, debemos producir especialistas sobre la parte no occidental del mundo”. Surgen entonces los estudios de áreas como modo de organización mediante el cual se pueden producir con rapidez gran número de investigadores que llegan a acumular algún saber sobre Africa, Asia, América Latina, Rusia China y cualquier otra región. Se trata de una estructura organizativa muy interesante. La idea básica fue algo así como, “no modificaremos la estructura de las disciplinas. La gente seguirá obteniendo sus doctorados (sus Ph.D.) en cada una de ellas; pero trataremos de inducir a los estudiantes de posgrado a que se especialicen en las áreas y adquieran conocimiento sobre ellas dándoles al menos un año más a los requeridos normalmente para su Ph.D., durante el cual pueda aprender un poquito de todo acerca de la región de que se trate”. Si se estaba interesado en la India, tenía entonces que aprender algo de historia de la India, de la sociología de la India, de su economía, de su ciencia política. Después podía estudiar el idioma urdu o hindi, o lo que fuese.
Esto se llamó —para usar la expresión ya consagrada— estudios multidisciplinarios. Los estudiantes adquirían ese conocimiento, en seguida obtenían su Ph.D. en alguna de las disciplinas y luego se esperaba que continuasen con su trabajo empírico sobre la India ya como sociólogos, como economistas o historiadores. Debe decirse que fue un programa bastante exitoso que en los últimos 40 años se expandió más allá de los Estados Unidos. Muchos países adoptaron el mismo esquema y así es como hemos producido miles de investigadores de primera línea, haciendo toda clase de trabajos, lo que hubiera sido impensable antes de 1945.
¿Pero qué significa esto ahora? Ante todo, que la delimitación mundo civilizado/resto del mundo se ha roto por completo en términos de las disciplinas. Antes de 1945 se hubiese considerado bastante extraño, que usted emprendiera un trabajo empírico por fuera del mundo occidental si no fuera antropólogo u orientalista. Y de pronto aparecen historiadores, politólogos, sociólogos e incluso economistas ocupándose del resto del mundo. Si se reflexiona sobre ello encontraremos que parece haberse subvertido la lógica teorética de la antropología cultural y de los llamados estudios orientales. Dicha lógica consistía en que aquellas disciplinas tenían cosas especiales que hacer en esas áreas que nadie más podría hacer —y que además debían hacerlo en forma diferente. Y como solían hacerlo de un modo ahistórico, pronto son rebasados al encontrarse con nuevos enfoques, ya se trata de una realidad muy dinámica y cambiante —esa fue la razón por la que se crearon los estudios de áreas. Y ello desafió la lógica de las disciplinas. Los estudios orientales pierden su nombre, los investigadores se unen a otras divisiones y se convierten en historiadores o en profesores de religión. Los antropólogos culturales ensayan varias cosas. Deciden que tanto Europa como Norteamérica también tienen sus propias tribus; se dedican al estudio de los montañeses suizos y de los habitantes de los barrios pobres de Chicago, y en seguida resuelven lo que estudiarán, la “cultura”. Están en la búsqueda de una raison d’être.
De modo concomitante ha cambiado la lógica interna de los departamentos. No se trata tan sólo de que la antropología cultural y los estudios orientales hayan perdido su exclusividad, sino también de que otras disciplinas tienen que ocuparse de sus fundamentos racionales y metodológicos. Y por encima de todo, con posterioridad a 1945 asistimos a la más extraordinaria expansión de la economía mundial en la historia del moderno sistema mundial. A su vez significa que hay una gran cantidad de dinero de por medio, y que una parte importante de ese dinero se ha empleado en la también increíble expansión del sistema universitario a todo lo ancho del mundo. Desde 1945 a esta parte se ha producido un incremento en progresión geométrica en el número de universidades, de profesores universitarios, de estudiantes, de estudios de posgrado... Cuando miramos nuestros doctorados, hay algo indefinido acerca de lo que se exige como investigación original. Investigación original significa cualquier cosa que hasta el momento no haya sido investigada. Y como el número de doctorados se incrementa rápidamente, eso tiende a ser un problema. Uno tiene que encontrar sus propios nichos.
Se desarrolla entonces un proceso natural de incursiones furtivas. Citaré como ejemplo mi propio campo de estudio, la sociología. Una de las primeras subdisciplinas que se desarrolló con posterioridad a la segunda guerra mundial fue la denominada sociología política. Luego vino la sociología económica y un poco después la sociología histórica. Y no quiero hablar de sociologías más esotéricas, como la sociología del turismo, por ejemplo, pero cada una de ellas a la vez significó una incursión en campos vecinos. Recuerdo mi propia experiencia hace unos 40 años cuando hice la sustentación oral de mi disertación doctoral. Uno de los campos en que me movía era la sociología política, y uno de los jurados me interrumpió para preguntarme: ¿“Cuál piensa Ud. que es la diferencia entre la sociología política y la ciencia política”?, una pregunta que, confieso, no se me había ocurrido antes. Reflexioné y solo atiné a contestar: “Bueno, en verdad no encuentro ninguna” Y todavía hoy no la encuentro. Tenemos pues un problema de yuxtaposiciones que crece día a día.
Por uno u otra razón asisto a diferentes congresos académicos de carácter nacional. Una de las cosas que me ha impactado al mirar los programas de esos eventos, es que los títulos de las ponencias se parecen cada vez más, y a decir verdad, de guiarse por sus nombres es muy difícil saber en qué congreso se encuentra uno. Los títulos son los mismos tanto en un congreso de sociología como de antropología, ciencia política o historia. La yuxtaposión es cada día mayor. Esta es la situación desde 1945; los estudios de áreas subvirtieron la lógica de la ciencia social al dividir lo que hasta entonces existía. Las mutuas invasiones también contribuyen a esta situación.
Y entonces, simbólicamente, vino 1968, y con él surgieron dos cosas. Primero que todo, uno de los temas principales del 68 fueron los “pueblos olvidados”, que de inmediato se tradujeron en términos académicos: estudios sobre la mujer, sobre las negritudes y una serie más de temas y de nombres antes marginales. Sus portadores y cultores afirmaron: ahora tenemos un sitio definido y legitimo en la estructura académica; querríamos también una línea de publicaciones, programas especiales, fondos de investigación e inclusos doctorados sobre el tema —aun cuando sobre esto último todavía haya ciertos escrúpulos. Lo que podemos ver de todo este proceso, fuerte, con una amplia base social y por lo visto irreversible, es que de hecho nos estamos moviendo en otra dirección. Si entre 1750 y 1850 teníamos muchos nombres que después se redujeron a seis en 1945, la curva se está moviendo ahora en dirección contraria. Vamos de seis a veinte nombres.
Cuando leo los catálogos universitarios me impresiona que agrupan sus áreas del saber bajo diez o doce denominaciones. Todas las universidades conservan los seis o siete ya consagrados, pero cada una le agrega a su vez tres o cuatro que además varían según la institución de que se trate. Y lo previsible es que esa tendencia continuará en el futuro. Esferas de investigación En los años setenta y ochenta sucedieron otras dos cosas fundamentales para el tema considerado en este informe. La primera consistió en una revolución de grandes alcances en las ciencias naturales. Las ciencias naturales fueron epistemológicamente muy estables desde el siglo XVII hasta los 70’s en el sentido de que las premisas newtonianas y cartesianas siguieron siendo fundamentales para toda la actividad científica. La ciencia siguió considerándose como la búsqueda de las leyes más simples; la ciencia era objetiva, neutral, se ocupaba de los equilibrios y se la consideraba acumulativa.
En verdad esta revolución maduró a finales del siglo XIX, pero ella no adquirió fuerza organizativa sino hasta el decenio de 1970. Viene y nos dice que la ciencia no es determinista y que todo lo que podemos alcanzar es una serie de afirmaciones probabilísticas acerca del futuro. Que la exactitud matemática es imposible de obtener y que cada vez que medimos, se mide algo diferente. Los procesos no son lineales sino bifurcados, que la ciencia es la búsqueda de lo complejo y no de lo simple, y lo que es más importante para nuestro propósito, las leyes científicas son irreversibles. Un presupuesto básico para la ciencia natural era que el tiempo no afectaba la operatividad de la ley. Hoy en cambio varias ciencias naturales proclaman que la reversibilidad es una premisa básica de la actividad científica. El slogan de hoy es “la flecha del tiempo”1. Incluso las partículas atómicas tienen un tiempo y cambian con el tiempo. Todo esto ha redundado en una modificación de las relaciones entre las ciencias sociales y las ciencias naturales.
Cuando yo era estudiante nos enseñaban que los científicos sociales éramos inferiores a los científicos de la naturaleza, pero que algún día nos hallaríamos a la par. Si perseverábamos, algún día podríamos hablar de los procesos sociales del modo que los naturalistas hablaban de los procesos físicos, esto es, que eran lineales, que tendían al equilibrio básico y que siendo irreversibles, las leyes que los rigen eran universales. Y de pronto tenemos a un grupo mayoritario de científicos de la naturaleza diciéndonos: no, no, se trata en verdad de “la flecha del tiempo”, de la flecha psicológica, pero el tiempo puede verse en otras direcciones2. Y ello significa, entre otras cosas, que las ciencias sociales y las naturales se van aproximando, pero ya no sobre la base del modelo newtoniano de la ciencia natural y de su mecanicismo, sino sobre la base de premisas que ya de antes eran fundamentales para las ciencias sociales.
En efecto, el movimiento de dicho acercamiento va de las ciencias naturales a las ciencias sociales. En cierto modo lo que los físicos parecen estarnos diciendo es que son sociólogos inferiores análogamente a lo que decíamos cuando nos sentíamos menos científicos que ellos. En cualquier caso reconocen que los procesos sociales son los más complejos.
Y al mismo tiempo asistimos a un movimiento en las denominadas humanidades, que yo pienso tiene mucho que ver con los cambios en la política mundial y ha conducido a un auge de los estudios culturales. Los estudios culturales son un movimiento preponderante hoy en día. Su semillero fueron las humanidades, pero hoy hay muchos antropólogos e historiadores dedicados a ellos, y esa clase de estudios se está expandiendo hacia las demás ciencias sociales. Hay algo confuso todavía, pese a que la gente que se dedica a los estudios culturales le gusta acentuar el grado en que su enfoque es una reacción contra el cientificismo, e incluso una condena del mismo. Ellos se refieren desde luego al modelo newtoniano de ciencia, que como decía antes, ha sido abandonado por la propia ciencia natural. Pero lo que resulta impactante es el grado en que los estudios culturales significan un movimiento que, surgido en las humanidades, las va acercando progresivamente a las ciencias sociales. El objeto de los llamados estudios culturales es entendido como un proceso social más y por esa vía es una intersección entre las humanidades y las ciencias sociales. Tenemos entonces que no sólo las demarcaciones entre las ciencias sociales se están borrando, sino que la propia división tripartita —humanidades, ciencias naturales, ciencias sociales— está siendo cuestionada.

Un programa de reforma
¿Qué clase de ciencia social debemos construir? Primero que todo, sugerimos que el problema del futuro no es simplemente una cuestión de reestructurar las ciencias sociales. Ni siquiera he sugerido que deba hacerse una. Lo que estoy diciendo es que el actual fundamento racional de las disciplinas ya no tiene mucho sentido. Y que mejor nos dediquemos a reflexionar sobre nuevos fundamentos racionales y sobre nuevos criterios de delimitación. Nótese que lo que hoy denominamos biología, hasta hace relativamente poco lo denominábamos zoología y botánica, y que hoy los departamentos de zoología y botánica virtualmente han desaparecido. La biología tiene muchas subdivisiones, pero la botánica y la zoología ya no son las divisiones en las cuales está organizada, luego el pastel puede dividirse de otras maneras. Sugerimos que las universidades deben examinar la división tripartita. Está construida sobre el concepto de las “dos culturas” que se formuló para el siglo XVIII y que ha sido superado en gran medida. Y no está mal que seamos un poco chovinistas y pensemos que las ciencias sociales puede ser centrales en el proceso en cuestión. Tenemos derecho a seguir pensando que la universidad sea el ámbito primario de la producción y reproducción del conocimiento. Hasta no hace mucho lo era. Con la formidable expansión de las universidades y de su población estudiantil, una de las cosas que ha ocurrido es lo que llamaría la gran escolarización del sistema universitario, esto es, la enorme presión social —uno tiene que enseñar cada vez más a un mayor número, y además seguir siendo relevante— una presión social para tener una gran número de graduados universitarios con la posibilidad de adquirir empleos profesionales, etc. Los profesores de secundaria se convierten en profesores de universidad, e incluso de posgrado, y están comenzando a ingresar a los institutos y centros avanzados. Y tenemos que pensar lo que ocurrirá en 20 ó 50 años, si no desarrollamos instituciones más aptas, y si no solventamos el problema de sus bases financieras. ¿Cómo conseguiremos gente que haga investigación? Históricamente, la universidad ha sido la solución para el problema de financiar investigadores. Usted consigue trabajo como profesor, y por esa vía tiempo y eventualmente recursos para investigar y para hacer otras actividades académicas.
Si latendencia de ahora es empujar a los investigadores fuera de la Universidad, o ellos mismos se colocan fuera de ella, ¿quién y cómo se los financia? Una recomendación específica de parte nuestra es que las Universidades y las instituciones afines estimulen algo que ya existe, aunque en pequeña escala: la posibilidad de que se formen grupos en torno a temas específicos durante un periodo de trabajo, un año digamos. Segundo, que en lugar de nuevos programas que se crean cada vez que alguien tiene la idea de trabajar sobre un tema X, las universidades consideren la creación de un centro especialmente dedicado al tema por un período de digamos cinco años. Después ya se verá lo que pueden conseguir al término de ese período sin tener que ocuparse del problema de obtener fondos especiales. (Los fondos se asignarían desde el comienzo y no se gastaría tiempo elaborando propuestas para obtenerlos, que por experiencia es un gasto de tiempo poco retributivo). Ahora bien, mis dos sugerencias tienen, claro está, un costo. Pero tengo dos sugerencias adicionales, que a mi juicio son más importantes, y que, de sobremesa, no costarán un centavo.
Sugiero que a los profesores de las universidades se les nombre en cargos simultáneos. Hasta ahora ha habido una tendencia a favorecer personas relativamente distinguidas que rondan los cincuenta o sesenta años de edad. Cuando se trata de que esa persona encuentre atractivo la universidad, se le dice: “usted puede ser profesor de X y Y simultáneamente”. Pero es pura cortesía. El segundo cargo a menudo no tiene sentido, y realmente no se espera que haga nada allí. Sólo es un titulo honorífico que hace sentir bien al profesor. Deberíamos modificar esto totalmente. Nos gustaría decir: es obligatorio el doble compromiso. Ningún profesor en ninguna universidad pertenecerá a un solo departamento. Todos los profesores habrán de estar en dos. Cuando se habla en términos del primer departamento es aquel en el cual se tiene el Ph. D. El segundo departamento podría ser cualquier otro. Y con el fin de impedir que los departamentos se resistan a ello, se insistirá que todos los departamentos deben tener al menos el 25% de sus profesores provenientes de algún otro de los que denominamos primarios. A mi juicio eso transformará a los departamentos. Puede inducir a nuevas combinaciones y no cuesta un centavo. En la medida en que se convierta en obligatoria, tal pauta funcionará. Cada profesor deberá estar adscrito a dos departamentos, pero él o ella, puede escoger el segundo. Y los departamentos deberán aceptar esta posibilidad, nadie podrá decir “aquí sólo aceptamos de los nuestros.
Lo mismo podría aplicarse para los estudiantes de posgrado. Hacer obligatorio que tomen un número de cursos en departamentos distintos a aquel que ofrece el programa. Por ahora ello es opcional, pero muchos departamentos se las arreglan para frustrar esa posibilidad. Ahora, en cambio, proponemos que usted no pueda obtener un título de Ph.D. en cualquier disciplina, a menos que tome la cuarta parte de los cursos en otro departamento. Obtendrá un título en la disciplina del departamento primario, pero también podrá escoger una segunda. Y los departamentos tendrán que adaptarse a eso.
Las anteriores son mis principales recomendaciones. Pienso que serán revolucionarias y subrayo que no se traducirán en incrementos presupuéstales, para concluir, permítanme citar la última frase de nuestro informe extenso: “lo más importante es que los aspectos
subyacentes sean debatidos de modo claro, abierto, inteligente y de manera urgente”.

UNIVERSIDAD PEDAGÓGICA NACIONAL
Digitalizado por RED ACADÉMICA
Traducción de Fernando Cubides

 

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